despedida

Últimos postais de inverno

Se a cidade acordasse de repente, ao meio-dia ou no meio da noite. Ou se dormisse um dia inteiro, sem nenhuma razão senão a de descansar nossas dores. Se a madrugada insone trouxesse, ao menos, uma resolução. Se a noite nos acalmasse. Se as estrelas nos eximissem da culpa.

Se um relâmpago iluminasse o futuro por alguns segundos. Logo esqueceríamos, a memória desbotaria rápido, mas não se sofreria por não ter nenhuma ideia dele. Se as videntes soubessem do que falam.

Se eu não fizesse as coisas maiores do que são. Nem diminuísse o que é importante. Se eu acreditasse em alguém para me ensinar a medida das coisas (por enquanto, vou levando comigo mesmo).

Se eu pudesse te fazer as perguntas mais diretas: de que lado da rua caminhas quando estás triste? posso investigar teus olhos? quem deixarias morar na palma da tua mão?

Se não se amasse só para ficar junto, mas também para ser cúmplice na fuga. Se o meu vocabulário de amor fosse maior do que “paixão” e “não”. Se eu me livrasse de todos os analfabetismos. Se ninguém confundisse coragem com urgência. Se nunca tivesses escrito teus passos na minha calçada. Se eu tivesse mais do que palavras para oferecer.

Se a felicidade precisasse só ser testemunhada pelos envolvidos nela. Se a alegria caísse na clandestinidade, e só fosse notada por acaso, quando fosse tão verdadeira que não se conseguisse esconder. Se os que têm certezas soubessem como elas são fracas. Se houvesse mesmo o destino e bastasse esperar por ele.

Se a ingenuidade não fosse só das crianças. Se nunca esquecêssemos a poesia. Se os sonhos sobrevivessem à luz do sol. Se as orações funcionassem. Se as confissões se revertessem. Se a primavera chegasse.

Inventario de una despedida

“Antes de huir quería ver lo que dejaba, cargar mi corazón de imágenes para no contar mi vida en años sino en montañas, en gestos, en infinitos rostros; nunca en cifras sino en ternuras, en furores, en penas y alegrías”. (Héctor Tizón, La casa y el viento)

El Faro del Parque Sarmiento, desde la casa, foto de Luandra Moschen

Tres vasos sucios están en la pileta de la cocina del segundo piso. Dos tazas acumulan ralladuras profundas, como testigos de una guerra particular. Tres cuadernos siguen huérfanos en el cuarto de los fondos. La heladera sobre el suelo de piedras sigue sufriendo con el polvo. Adentro, en un frasco de vidrio, cinco pacientes aceitunas aguardan su incierto destino mientras nos miran cambiar. La habitación cerrada sigue siendo un misterio. El ladrón que tomaba las bebidas ajenas por las mañanas sigue anónimo. En la terraza, diecinueve colillas se acumulan en los rincones y todavía cuatro o cinco reflexiones hechas detrás del muro se quedaron en suspenso. En el tendedero, una media se balancea tristemente, mientras que su pareja partió para alguna ciudad lejana.

Extrañas herencias yacen en los placares. Cremas ya solidificadas, hojas de té para molestias desconocidas, cementerios de cargadores de celular, auriculares sordos, cepillos de dientes y pelos ya ausentes. Muchas habitaciones sufren de un pesado silencio, por partidas que yo llamé prematuras por ignorar que, un día, muy lejos en el porvenir, también debería dejar la casa. En el fondo de un cajón, una moneda de un peso está perdida y la encontrará solamente un nuevo morador, en una insospechada tarde, cuando todos ya nos habremos ido. La escalera no tenía luces, y es cierto que los tropiezos sucedieron. Teníamos todos los problemas. El espacio era poco, los platos también. A veces el calefón se apagaba, la paciencia igual. La toalla un día era toalla, en el otro trapo. La beca se terminaba temprano, el colchón lastimaba las espaldas. Las cosas desaparecían, las cucarachas no. Ahora, el único problema que nos queda es el desafío de volvernos tan felices como fuimos en aquellos días.

Descubrimos una ciudad y ella también nos descubrió. Cruzábamos orgullosos las calles, recitando nuestros dichos, contando nuestras hazañas. Tengo que decirles que en ese tiempo, volví a creer. En fuerzas extrañas, en algo parecido al destino. Extrañamente sensitiva, bajo el tapa ojos negro en esta mañana para saludar al sol que por los últimos días veo invadir la habitación de la esquina – la que tenía dos ventanas y cuatro chicas con risas estridentes. Cruzo puentes sin agua en la tarde, alcanzo cafés con mensajes de motivación en los mostradores. Comí moras en el camino para la clase que ya no tengo y pedí que mi café viniera con alegría, por favor.

No había pensado mucho en este momento. Es que en aquel invierno seco en que llegamos, vaciamos nuestras valijas y las olvidamos en el costado, como si esa presencia silenciosa no nos advirtiera que volverían, un día, a llenarse. Dejamos todo para el último momento, negamos hasta el final. No es que quiera yo idealizar, decir que nos amamos y nos comprendimos siempre. No fuimos una gran familia, no nos entendimos muchas veces, más allá de lo que fuera el problema del idioma. Pero es imposible decir que no: aquellos que se permitieron, aprendieron mucho sobre el amor y la amistad. Muchos fueron los corazones que me abrazaron, las manos que me condujeron fuera de la zona de la angustia. Fueron charlas en la oscuridad para salvar quien no tenía sueño, besos de amistad robados por los pasillos, oraciones plantadas bajo la almohada, un diván improvisado por dos colchones rotos. Fui por fin la niña que todos tuvieron que mimar, la que olvidaba la llave y tendrían que abrirle la puerta. Quizás no pude, en días más difíciles, mostrar lo mejor de mí – era solo lo que tenía para el momento – pero parece que aún así me pudieron aceptar. La generosidad fue tanta que ya no hay gesto que agradezca, ya no hay lágrima que pague. Y no, mis lágrimas no son baratas ni banales, aunque haya parecido: es que todo fue muy vivo y la vida me tocó muy fuerte.

Hay cosas sobre esta ciudad que solo entendí al final. Verdades que solo llegaron en los últimos momentos, en mi último paseo errabundo. Los árboles de la universidad lloran añoranzas pasadas y ahora van a llorar nuestra ausencia. Cada paloma guarda un secreto de un amor que se perdió. El parque Sarmiento mantiene jardines secretos para los despechados y los patos de aquel lago en él son almas prisioneras. A veces, por la peatonal, cruzamos con fantasmas sin saber. Y para mostrarme algo, en esa última tarde, Córdoba me sorprendió. Por primera vez, me perdí en sus esquinas – y yo que siempre decía ubicarme en sus calles, sentí en los últimos días una sensación de lejanía, como si estuviera en una tierra salvaje. Sí, puede ser que sea destino, pienso yo otra vez, mientras camino de nuevo buscando el camino de la casa. Es que después de tanto, se vuelve cada vez más difícil para uno seguir con la idea de la casualidad, y la verdad es que incluso nuestras más claras teorías, terminamos cambiándolas por incertidumbres.

Así todos los aviones y colectivos que nos llevan hacia nuestros pueblos persiguen un destino. Como nosotros perseguíamos, sin saber, cuando nos encontramos. Ya no hay más nada para decir sino gracias y suerte: todo lo más importante ya fue dicho, en esos meses de una vez fugaces  y interminables. Nos vemos en el mundo, y si por casualidad nos perdemos, amigos, basta buscar el faro – esté donde esté.

Córdoba Capital, Argentina, diciembre de 2012. Para todos mis amigos de allá y del mundo y para mi profesora Verónica Valles, que también me tomó por la mano para yo pudiera tener el español como lengua.